Una reforma estructural para el 2021

Por: Martha Elena Delgado Rojas @MarthaElenaDR

La pandemia del COVID-19 puso en evidencia problemas estructurales, muchos de los cuales serán atendidos a partir de 2021, donde las reformas tributaria, laboral, pensional y política social serán los puntos más relevantes. Pero mientras estas iniciativas corren su curso en el Congreso, foros y seminarios entre eruditos y expertos, una reforma igual de urgente y estructural debería hacer parte de estas discusiones. Pero esta reforma faltante no pasa directamente por el Congreso, ni hace parte de la agenda política, económica y social de manera explícita el próximo año. Se trata de una reflexión colectiva, aún pendiente en nuestro país y más significativa en la era del COVID-19, la reflexión sobre las desigualdades de género. Ahora que tengo su atención, quiero pedirle que se quede unos minutos en esta columna, de la que seguro esperó algo diferente porque su título no tiene la palabra “género”, “mujeres” o “feminismo”. La idea es que este texto llegue a una audiencia más amplia de hombres y mujeres que no tienen una cercanía particular sobre este tema. Este texto busca discutir algunos mitos, invitar al debate y presentar unas reflexiones generales para un público amplio y diverso.

Durante los últimos meses hemos visto en Colombia una dura realidad: el alza en el desempleo de mujeres (en octubre se incrementó en 77% el número de mujeres sin ocupación frente al mismo mes del año anterior, mientras que para los hombres el alza fue de 43%), la ampliación de la brecha con los hombres (en octubre el desempleo de los hombre fue cercano al 10% mientras que el de las mujeres se mantuvo cerca al 20%), su dedicación casi exclusiva a los oficios de cuidado y al trabajo no remunerado, mal llamado inactividad. Desde nuestro oficio en la evaluación de política pública, nos hemos concentrado en el debate de las estrategias de política, los incentivos para contratar a más mujeres en medio de la pandemia, la apertura de jardines y colegios, en fin, en estrategias o recetas que esperamos funcionen con la precisión de una fórmula matemática, gracias a la mano invisible o visible de la economía. Pero estos fenómenos de desempleo, de desventajas históricas sobre las mujeres son el resultado y el reflejo de una estructura económica, social y cultural profundamente desigual en sus orígenes. No son sólo los hacedores de política los que tienen la responsabilidad de garantizar condiciones iguales para todos, eso empieza transformando nuestras concepciones más profundas y arraigadas sobre los roles de género.

Desde esta arista, me gustaría discutir algunos puntos:

  1. El feminismo es la búsqueda continua de la igualdad económica, política y social entre hombres y mujeres. Es la lucha por la nivelación del campo de juego, por el ejercicio pleno de los derechos de los seres humanos. El feminismo, ese término tan incómodo, no es lo contrario al machismo, no busca deshumanizar al hombre, minimizarlo o maltratarlo. Busca el reconocimiento de la mujer como ser humano digno de derechos que no ha podido practicar plenamente en medio de una estructura de género desigual.

    En este aspecto concuerdo, como muchas, con Chimamanda Ngozi Adichie en su muy popular libro “Todos deberíamos ser feministas” (Ver acá su video para entender a qué me refiero). Esa palabra, que suele asustar, asociada a dogmas y a “mujeres histéricas que odian a los hombres” distorsiona su verdadero devenir histórico.

  2. No existe un único feminismo. Existen múltiples vertientes, dependiendo de las experiencias de cada mujer, de sus lugares de enunciación. El feminismo se refuerza, se contradice y avanza gracias a sus diferentes versiones, buscando un espacio de representación para cada una. Por eso es frecuente escuchar debates entre las mismas feministas ya que, como en cualquier corriente teórica hay tesis, antítesis, síntesis y puntos en común. Esa diversidad enriquece el movimiento, no lo limita.

  3. En línea con lo anterior y dada la experiencia particular de cada mujer, es complejo que sólo una recoja el clamor de muchas con vivencias diferentes. En especial, grupos étnicos y raciales como las mujeres indígenas y afrodescendientes no se han sentido representadas por el feminismo de la capital, por poner el ejemplo colombiano. Mientras aquí denunciamos máneles[1], otras mujeres denuncian diferentes formas de exclusión y maltrato al ser mujeres negras, indígenas o campesinas. Allí llega la interseccionalidad, ese término que busca visibilizar también esas denuncias. Ojo, no hay unas más legítimas que otras, se trata de que todas tengamos la capacidad de alzar la voz para eliminar las barreras que nos limitan.

  4. Como en cualquier compendio teórico, existe cierta imperfección, cierta imposibilidad de aterrizar completamente la teoría a la práctica. Usualmente se escuchan comentarios como “se dice feminista, pero le gusta el reggaetón” o “se considera feminista, pero quiere que la inviten y cortejen”. Este es un campo en construcción, sin verdades absolutas, pero más importante aún, con una fuerte carga cultural y social para hombres y mujeres, muchas veces inconsciente e involuntaria. Esto nos lleva al concepto de “malas feministas”, tal como lo dice Roxane Gay en su libro “Bad feminist”:

    “Estoy fallando como mujer. Estoy fallando como feminista. Aceptar libremente el sello feminista no sería justo con las buenas feministas... Soy un manojo de contradicciones... Quiero ser independiente, pero también quiero alguien que me cuide, alguien a quien volver a casa. Tengo un trabajo en el que soy muy buena… quiero ser fuerte y profesional, pero resiento lo duro que debo trabajar para ser tomada en serio.

    No sé nada sobre carros… no quiero ser buena al respecto. Las buenas feministas, asumo, son lo suficientemente independientes para manejar crisis vehiculares por ellas mismas.

    Amo a los bebés, quiero tener uno. Me preocupa morir sola, sin hijos, sin casarme, porque paso mucho tiempo construyendo mi carrera y acumulando títulos. Este tipo de pensamientos me mantienen despierta en la noche, pero pretendo que no, porque se supone que soy evolucionada. Se supone que mi éxito es suficiente si soy una buena feminista.

    Tal vez soy una mala feminista, pero estoy profundamente comprometida en asuntos importantes para el movimiento. Tengo fuertes opiniones sobre misoginia, sexismo institucional… la desigualdad salarial, el culto a la belleza y a la delgadez, los ataques a las libertades reproductivas, la violencia en contra de las mujeres, entre otros.

    No importa los problemas que tenga con el feminismo, soy una feminista. Como la mayoría de las personas estoy llena de contradicciones, pero no quiero ser tratada como mierd* por ser una mujer. Soy una mala feminista. Pero prefiero ser una mala que no ser una feminista del todo”. (Gay, 2014, Traducción propia)

  5. Con base en lo anterior (y muchos más postulados teóricos y prácticos) el feminismo puede ser visto como un movimiento humanista (Vanessa Rosales lo describe bien en su Podcast Mujer Vestida: Las olas del feminismo y La cuarta ola del feminismo). Un movimiento sobre el reconocimiento de la mujer como un ser humano, con todas sus libertades, oportunidades y potencialidades, dejando de lado las expectativas del género.

  6. Esta visión humanista va de la mano de las nuevas masculinidades. Masculinidades más sensibles, complejas e integrales en lo afectivo, en lo profesional, en lo personal. Masculinidades que tengan en cuenta que los roles impuestos tradicionalmente a hombres y mujeres pueden ser deconstruidos y cambiados para una mejor convivencia. Hombres empáticos con las mujeres, sus formas de representación, su identidad. Varones sin miedo a una mujer diferente desenmarcada (o enmarcada) de las feminidades tradicionales (madre, esposa, tierna, bella, sensible). Hombres sin miedo y sin rechazo a la otredad de la mujer, hombres humanizantes que respetan a las mujeres no porque pueden ser sus madres, hermanas o hijas, las respetan porque son seres humanos como ellos.

    En este punto hay una discusión en el feminismo acerca del rol de los hombres, acerca de si desde su experiencia masculina pueden definirse como feministas, pese a no experimentar las discriminaciones de las mujeres. Independientemente de este debate, el llamado ha sido ahora a volverse aliados, hombres conscientes de los problemas de género, determinados a hacer algo al respecto. Este punto es indispensable porque implica una responsabilidad desde la acción y la desde la agencia de los hombres y sus privilegios.

Es fundamental hablar entonces de la necesidad de luchar contra la misoginia, de medirlo todo con el rasero masculino. Estos procesos suelen ser inconscientes y perfectamente normalizados tanto en hombres como en mujeres y se catalogan de exagerados cuando son traídos a la luz. Estas misoginias diarias, expresadas comúnmente en micromachismos, se pueden ilustrar con un simple ejemplo: los varones en general suelen criticar el performance femenino de embellecerse y pasar horas frente al espejo, diciendo “las mujeres se demoran horas en arreglarse” de manera despectiva. Pero ellos mismos suelen pasar horas jugando videojuegos o viendo partidos de fútbol y soñando con mujeres que “no los molesten por hacer lo que les gusta”, porque ello es “normal”. La asignación social de roles de género tienden a castigar a la mujer y premiar al hombre.

Por supuesto hay otro tipo de misoginias y machismos, más violentos y que siguen representando un gran desnivel en el campo de juego. Como mujeres seguramente hemos tenido parejas o exparejas que nos maltraten psicológica o físicamente. También se han normalizado comportamientos inaceptables de los hombres. Justo antes de que empezara la pandemia, en un concierto, un conocido decidió levantar mi falda y tocarme las piernas. Le grité, le reclamé, la gente alrededor lo notaba, pero nadie hizo nada. Era una especie de consecuencia por vestirme así. Es la misoginia diaria de que lo femenino es percibido como inferior, de menor importancia.

Por eso es necesario una reforma estructural en nuestro entramado cultural. La cultura no es estática, se transforma día a día con las acciones colectivas. La desigualdad en el trabajo doméstico y en el plano económico no es nueva, ya lo decía Simone de Beauvoir hace más de 70 años:

En Norteamérica, el trabajo doméstico se ha simplificado mediante ingeniosas técnicas; pero el aspecto y la elegancia que se exige a la mujer que trabaja le imponen una nueva servidumbre; y, además, sigue siendo responsable de la casa y de los hijos. Por otro lado, la mujer que busca su independencia en el trabajo tiene muchas menos oportunidades que sus competidores masculinos. En muchos oficios, su salario es inferior al de los hombres; sus tareas son menos especializadas, y, por consiguiente, están peor pagadas que las de un obrero calificado; por lo demás, a igualdad de trabajo, es menos remunerada. Por el hecho de ser una recién llegada en un universo masculino, tiene menos posibilidades de éxito que los hombres. Repugna por igual a hombres y mujeres estar bajo las órdenes de una mujer; siempre testimonian más confianza en un hombre; ser mujer es, si no una tara, al menos una singularidad. Para «llegar», a una mujer le es útil asegurarse un apoyo masculino. Son los hombres quienes ocupan los lugares más ventajosos, quienes desempeñan los puestos más importantes. Es esencial subrayar que hombres y mujeres constituyen económicamente dos castas” (De Beauvoir, 1949).

 Dejemos entonces que el 2021 sea el año de las reformas.



[1] Páneles de discusión en donde sólo participan hombres (maneles por su raíz man, hombre en inglés).

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